Todo está vivo e interrelacionado


Esta antigua visión de lo invisible no es ajena a las actuales consideraciones de la ciencia occidental. La física enseña hoy que hasta la materia es energía; y la energía atómica no es otra cosa que la liberación de la energía encerrada en la materia. Los sabios taoístas hace más de veinte siglos afirmaban que todas las cosas que nos rodean tienen el chi: los edificios, las casas, las personas, los animales, las plantas, las piedras, los objetos inanimados, la ropa, las piezas decorativas, los adornos, las herramientas, los utensilios de cocina, las joyas, los alimentos… y esta idea ha sido corroborada hoy por la física cuántica.

Durac, físico francés y uno de los padres de la física cuántica, realizó el siguiente experimento: Primero creó el vacío en un espacio determinado, después inyectó una cierta cantidad de energía y estudió su movimiento, es decir, la dinámica de dicha energía. En principio, esta energía, invisible y amorfa, rápidamente se concentró en una partícula material subatómica, y ésta, inmediatamente, volvió a desintegrarse como corpúsculo, adquiriendo la forma de energía de onda, nuevamente. Este experimento fue muy importante para comprender la naturaleza del mundo material.

Hasta ahora, cuando veíamos una mesa, una columna, una viga, un jarrón, un cuadro… lo veíamos como algo finito, acabado, estable, continuo en el tiempo; y, sin embargo, esto que veíamos como «materia inerte», está vivo, está continuamente pulsando -entendiendo como vida todo aquello que pulsa, que se mueve-. Ahora sabemos que los constituyentes subatómicos de cualquier forma material están continuamente pulsando y que esta pulsión tiene dos polos principales: por una parte transformación de la materia en energía; y, por otra, la transformación de la energía en materia.

Los sabios taoístas hace más de veinte siglos afirmaban que todas las cosas que nos rodean tienen el chi: los edificios, las casas, las personas, los animales, las plantas, las piedras, los objetos inanimados, la ropa, las piezas decorativas, los adornos, las herramientas, los utensilios de cocina, las joyas, los alimentos… y esta idea ha sido corroborada hoy por la física cuántica.

En cuanto a lo que los antiguos chinos consideraban del chi celeste, no hace falta ni siquiera acudir a la ciencia, pues sin lugar a duda todos lo experimentamos y podemos observarlos. Es suficiente pensar en la relación de la luna con las mareas; en el comportamiento de los animales o de las personas durante algunas lunas llenas, eclipses, paso de cometas y otros fenómenos atmosféricos o astrológicos; en el aumento del número de ingresos en el hospital, tragedias, violencia y conductas alteradas; en el aumento de partos coincidentes con períodos de luna llena; en las migraciones de los pájaros o las cosechas relacionadas con la posición de nuestro planeta con respecto al sol; sabemos que «la primavera, la sangre altera», hay vientos que nos hacen enloquecer, hay a quienes en los días grises se vuelven mustios; pensemos en el escozor de nuestras cicatrices quirúrgicas cuando va a llover o en el dolor de nuestras articulaciones con la humedad del ambiente.

Los experimentos científicos de Semyon Kirlian, científico ruso, permitieron, con el uso de la fotografía, mostrar un campo de energía radiante y de diversos colores, que rodea el cuerpo físico de los hombres, los animales y las plantas, denominado aura y que se extiende desde la superficie de la piel hasta una distancia de 10 a 15 centímetros. Los experimentos de Kirlian han revelado que el campo energético muestra alteraciones antes de ponerse de manifiesto una enfermedad latente, al igual que se producen cambios debido al pensamiento, a las emociones y al contacto con otras personas con las que sentimos amor o malestar.

La fotografía de Kirlian nos permite ver lo que los taoístas llamaron el chi del hombre y mostrar que éste no es fijo e inmutable y que se puede modificar, ya que el microcosmos energético que es el hombre está en continua interacción con el macrocosmos energético del universo.

El llamado efecto mariposa afirma que el batido de las alas de una mariposa puede desatar una tormenta al otro lado del mundo, lo que significa lo mismo que decir que nada sucede al azar, que todo está interrelacionado. Podemos afirmar que la dimensión del feng-shui, al igual que el batir de alas de la mariposa, es la dimensión del pequeño detalle, de lo inadvertido, de lo sutil; que cada objeto, por insignificante que sea, ejerce su influencia. Por este motivo, el feng-shui cobra un valor fundamental a la hora de diseñar nuevas construcciones, de la elección de lugares para desarrollar nuestras actividades o de mejorar los ambientes en los lugares que vivimos.

Referencia: http://www.natalialuna.com.ar/articulos.php?id=53&titulo=El%20Chi,%20Historia%20y%20Fundamentos

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