La integración de los opuestos


El Ying y el Yang
 
Existe la fealdad, porque existe la belleza.
Existe la bondad, porque reconocemos la maldad,
no hay vida sin muerte ni muerte sin vida,
Lo fácil y lo difícil son conceptos relativos,
como comparativos son igualmente lo corto y lo largo.
Alto y bajo solo existen en relación con un punto
y tono y voz se complementan mutuamente,
lo mismo que el antes y el después se persiguen entre sí.
Por tanto, los sabios felices actúan sin apegaras al resultado y enseñan con su ejemplo callado y sin palabras,
pues ven la realidad tal cual es
y contribuyen a ella sin atribuirse méritos ni acumular medallas.
Sus obras permanecen y nadie puede en ellos hacer mella.
Tao Te Ching al alcance de todos. Alfonso Colodrón.
 

Si nunca llueve a gusto de todos, ¿Es la lluvia buena o mala? Se pensaba en otros tiempos que solo los agricultores la agradecían en época de siembra. Siempre se dio la bienvenida al agua de mayo que hacía engordar la fruta del verano. Hoy día, hasta los habitantes de las ciudades añoran la lluvia cuando se acerca el riesgo de restricciones de agua. Sin embargo, quien ha visto desbordarse los ríos e inundarse sus casas teme la lluvia como la peste.

Lo que es bendición para unos es maldición para otros. Solo la mente humana establece la diferencia, pues, que bueno y malo, bello y feo, tienen mucho que ver con la cantidad. Las “malas hierbas” en medio de un huerto se arrancan con tenacidad o se persiguen con herbicidas. Al borde de un oasis o en medio del altiplano de los Andes serían especies raras que habría que regar o proteger de ser comidas por las llamas, vicuñas y alpacas. Es bella la nieve en las ciudades costeñas del Mediterráneo, pues no es un fenómeno habitual, pero puede ser un serio problema en los pueblos de montaña aislados varias semanas entre sí por una gran nevada. Un saltamontes aislado en un bote de cristal hace las delicias del niño que lo observa. Una plaga persistente puede arrasar la cosecha de todo el año en toda una región del planeta.

La distancia también tiene que ver en el invento de lo feo y lo bello. Si miramos las estrellas tumbados en la arena de una playa, podemos ser invadidos por un sentimiento de admiración. Tal vez nos inspire incluso unos bellos versos o aumente el romanticismo con nuestra pareja. Imagino l terror que podría producirnos si una se acercase lo suficientemente a la Tierra como para quedar ciegos por su resplandor o abrasados por su calor. Si contemplamos una bella mariposa, puede que nos inspire un cuadro o nos suscite un hermoso sueño. Pero si la observamos de frente con un microscopio, sus antenas, sus ojos, su lengua pueden parecernos terroríficos. Cuestión, pues, de perspectiva.

Cuestión también de cultura. ¿Por qué les parecería muchos asqueroso comer tortillas de insectos en México y no gusanos en un buen queso francés? Los australianos, por ejemplo, antes de la llegada de los emigrantes españoles en la década de los 60 y 70, despreciaban comer pulpo, calamares y mariscos en general. Tras la implantación de algunos restaurantes españoles, la paella y los calamares a la romana han pasado a formar parte de los platos apreciados cuando se sale a comer fuera de casa.

En Tonga, uno de los reinos más pequeños del mundo, perdido en medio de la Polinesia, los murciélagos estaban reservados a la familia real. Estaba prohibido cazarlos, y mucho más comerlos. Tuvo que ser en un elegante restaurante francés de Port Vila, capital de Vanuatu, donde lo probara guisado como un “coq au vin”. Realmente, me hubiera sabido a gallo, si no hubiera estado escrito en la carta. A buen hambre, no hay pan duro, y la humanidad, durante milenios, ha comido todo lo que caminaba, volaba, nadaba, trepaba o reptaba. A medida que avanza la civilización, establecemos más diferencias entre lo bueno y lo malo, lo apetitoso y lo repulsivo, lo bonito y lo feo, según las modas y los vaivenes de los beneficios económicos. ¿Y qué decir de la pintura moderna o los cambios anuales de los atuendos femeninos y masculinos?

Todo se vuelve relativo cuando cambiamos nuestro punto de referencia, la época histórica, el lugar geográfico…, pero, sobre todo, cuando ampliamos nuestra consciencia de las cosas.

Los sabios felices se han liberado de sus ataduras culturales y ven la realidad tal cual es. La aceptan porque se consideran parte de ella y, sin embargo, la transformaban, porque no persiguen fines personales. Esta es la gran paradoja de la eficacia de la acción sin palabras: la permanencia de las huellas que no necesitamos proteger ni firmar.

¿ Y los opuestos del ser humano?… ¿Y lo feo y bello de uno mismo?…¿Qué es eso? Mi belleza la reconozco porque a veces me llaman feo. Mi amabilidad aparece cuando alguien, por mis actos u omisiones, se siente feliz, alegre, apoyado o arropado por mi comprensión. Y mi antipatía también nace en la mirada de los otros, cuando alguien se siente incómodo por mis actos u omisiones. Yo soy quien camina completo con mis opuestos y actúo salvaguardando lo que honro como mi verdad, pese a que para otros sea mentira. Son ellos los que me perciben, quienes me convierten en lo uno y en lo otro. Si yo hago mía la opinión de ellos sobre mí, desintegro mi unidad y posiblemente intente negar, separar o hacer desaparecer el opuesto que no les gusta. El sabio sabe y reconoce que lo inseparable de él camina a su lado. No toma partido ni por la belleza que otros alaban ni por la fealdad que otros repudian. Tan solo mantiene firme su voluntad de integrar sus opuestos.

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