Los principios de la paz y del buen gobierno


 
No sobrestimes a las personas con estudios
y contribuirás a disminuir la envidia, la rivalidad y el resentimiento.
No sobrevalores los bienes escasos
y contribuirás a disminuir la codicia, el robo y la corrupción.
No exhibas los bienes que provocan el deseo de obtenerlos y verás como los ánimos y el corazón se serenan.
De este modo, el gobernante sabio restablece el equilibrio,
vaciando las mentes de inútiles polémicas,
pues atiende las auténticas necesidades vitales,
vela por la salud general de los gobernados
y evita las falsas promesas que los hacen escépticos.
Si así actúa, restablecerá la confianza y la participación
y evitará los abusos de los profesionales del poder.

Parece increíble que estas máximas fueran pensadas y dichas hace 2500 años. Si aparecieran en el editorial de cualquier periódico actual, las creeríamos firmadas por su director.

Parece absurdo seleccionar catedráticos, jueces o funcionarios por tener un titulo universitario y haber ganado unas oposiciones. En general, la mayoría de las oposiciones para obtener estos y otro tipo de puestos en la Administración consisten en ejercicios de memoria y en la exposición posterior, oral y escrita, de los temas aprendidos. ¿Y cómo se mide la pasión por la enseñanza y las capacidades didácticas? ¿Y la eficacia para contagiar el entusiasmo por el aprendizaje? ¿Son los jueces más honrados y sagaces por haber sido capaces de memorizar leyes, procedimientos y plazos que pueden consultarse fácilmente en los distintos códigos y leyes procesales? En la antigüedad se elegía a los ancianos para juzgar por su sabiduría que habían adquirido, y a los considerados justos por todos porque habían dado pruebas con su vida cotidiana de imparcialidad y buen juicio. Hoy día somos muchos, y es adecuado establecer procedimientos de selección. Pero ¿Como sería introducir también criterios de vocación profesional, interés por el servicio a la comunidad, amplitud de miras y una ética pública y privada que pudiera comprobarse?

Es curioso que la mayoría de las biografías profesionales se centren en los títulos académicos, libros escritos, conferencias dadas, honores recibidos, en lugar de los resultados obtenidos en cada actividad. Hace solo unas décadas, quienes tenían títulos universitarios eran envidiados, pues ser ingeniero, abogado o economista parecía una buena escalera para situarse en las mejores posiciones sociales. Hoy día, al aumentar la competencia y el desempleo entre quienes pasaron muchos oficios, aparentemente más modestos, se obtienen mejores salarios. No son actualmente los títulos y los estudios los que aseguran mejores posiciones profesionales ni más felicidad personal. La pasión por una actividad y la intensión de servicio a los demás son mejores garantías de éxito y bienestar. Quienes siguen esta brújula y este norte se muestran más satisfechos en cualquier profesión u oficio.

En cuanto a la valoración excesiva de bienes escasos, bastaría recordar las atrocidades cometidas por el Gobierno belga en su época colonial en el Congo, para la explotación de los diamantes y las posteriores guerras y secesiones, apoyadas por gobiernos occidentales, para seguir explotando esos cristales tan preciados, tras la independencia del país. Actualmente, el petróleo bien escaso porque las reservas son limitadas y tardaron millones de años en formarse, sigue siendo el eje de guerras e invasiones. Poco importa lo que se ha codiciado en cada época histórica. Lo que no ha desaparecido del corazón humano es la avaricia y los desvanes de quienes consideran esta pasión el motor principal de sus vidas.

Las personas que han sido muy ricas desde siempre no suelen ser los que exhiben su riqueza, sino los nuevos ricos. Y nuevos ricos parecemos en Occidente, en donde todas las cadenas de televisión exhiben continuamente coches de lujo, perfumes caros, relojes de marca y otras fruslerías, ante los ojos asombrados de los que quedan al otro lado de la frontera, de las alambradas, de los mares y puestos fronterizos, que intentan impedir el paso de los africanos, mexicanos, coreanos… a los aparentes paraísos de consumo. Cuando más comodidades y lujos se muestran, más se fomenta el deseo. Si, además del deseo, azuza el hambre real y no figurada, las avalanchas migratorias se volverán imparables.

Los filósofos de la época de Lao Tse fueron testigos de continuos combates entre reinos vecinos para conquistar tierras y poseer siervos. Al final de la dinastía Chang, el lujo y la corrupción llevaron a los Zhou a tomar el poder. Sabían, pues, de lo que hablaban. Recuerda un poco, salvando las distancias históricas, la caída del Imperio romano al final de una época de decadencia, por el enriquecimiento excesivo y la acumulación lograda a lo largo de varios siglos de conquistas y colonización. Las fronteras empezaron a ser demasiado extensas para poder ser protegidas.

Los políticos deberían leer una y otra vez estas máximas, que son pura experiencia histórica. Se ha dicho siempre que quien no conoce la historia está condenado a repetirla. Tal vez por ello seguimos, en pleno siglo XXI, escuchando promesas políticas que no tienen intensión de ser cumplidas y discusiones bizantinas que ocultan la realidad de sus verdaderos intereses y de los problemas más sencillos que preocupan a la mayoría. Cuando la gente se hace escéptica, deja de participar en las decisiones colectivas. Dejan también de votar. A los políticos les conviene que se lea deje hacer durante su mandato, pero luego tienen que luchar contra la indiferencia y la abstención, cuando empieza su próxima campaña para la reelección. En los tiempos en que esto fue escrito no se referían a la inimaginable participación en el gobierno central, sino a la participación en los problemas y tareas de cada aldea y de cada pueblo.

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