La humildad natural


La rama que se dobla no se parte,
la que se inclina recupera su vertical.
El vacío puede llenarse,
lo que se desgasta se renueva.
Quien poco tiene, mucho puede recibir;
Quien mucho tiene, acabará turbado.
Por ello, las personas sabias aceptan
la unidad complementaria de la existencia
y se convierten en modelo para todos.
No se vanaglorian y por eso brillan,
no se ponen por delante y los demás las reconocen.
No proclaman sus méritos y obtienen confianza,
No rivalizan con nadie y nadie compite con ellas.
No en vano, dijeron los antiguos:
“ser humilde es mantenerse entero”,
pues mantenerse entero es permanecer en la unidad.
Tao Te Ching al alcance de todos.
Alfonso Colodrón.

Orgullo y humildad solo tienen sentido en la comparación. ¿Acaso se compara una amapola con una orquídea o se siente humilde una brizna de yerba ante un roble centenario? La humildad piadosa es tan antinatural como la falsa modestia. Tal vez sea la mayor de las vanidades, la más sutil: aparentar valer menos de lo que se vale, ocultar los dones que la naturaleza nos ha otorgado, disfrazar los propios méritos y flotar por dentro como el aceite. Tener la sensación interna de ser tan superiores que ni siquiera necesitamos el reconocimiento de los que nos rodean.

La humildad es natural o no es autentica. El bambú se inclina ante el viento y no se parte. Oponerse a la fuerza superior del vendaval no sería orgullo, sino simple estupidez. Puro narcisismo humano del que carecen plantas y animales. Cuando dos perros luchan, el más débil ofrece el cuello. El más fuerte no le muerde. Simple lenguaje corporal, cumplimiento de normas no escritas. El fuerte no se enorgullece, el débil no se humilla. La naturaleza se ha manifestado sin sentimientos. Uno ha mostrado lo que puede; el otro ha aceptado sus límites. Todo vuelve al equilibrio original, antes de ser roto por el conflicto.

Quien poco tiene, hasta las gotas de lluvia o el agua de la fuente pública agradece. Quien mucho tiene, difícilmente podrá contentarse o fácilmente tendrá ocasión de pérdidas y enojos.

Para escuchar la verdad, hay que vaciarse antes de dogmas, prejuicios, preocupaciones propias y planes inmediatos. Para aprender lo verdadero o lo nuevo, es necesario desaprender lo falso y lo viejo. Quien cree saberlo todo no progresará. Quien ha perdido la capacidad de sorpresa del niño envejece antes de su hora. Vaciarse para llenarse. Llenarse para poder volver a vaciar. Recibir y dar, intercambiar conocimientos, experiencias, miradas y caricias es la ley de la vida.

Las células se renuevan continuamente. El pelo se cae y vuelve a crecer. No podemos retener el aire de cada inspiración. Espirar para volver a inspirar. En el otoño, el árbol Dana caer sus hojas, mientras los brotes de primavera esperan latentes para abrirse con las primeras horas de luz y calor. Así se renueva la tierra rica en humus y los bosques se alimentan a sí mismos de sus propios desechos en una continua renovación.

Los que saben guían a los demás. Pero como el guía de montaña, a veces tiene que ir delante y, en ocasiones, detrás. De vez en cuando, junto a los caminantes. Y en las cordadas de escalada, no siempre el más experto tiene que ir delante. Por ello, no hay una jerarquía en ir delante o ir detrás. Los gansos que vuelan en bandadas van turnándose para evitar el agotamiento de los que van en el pico de la flecha. Lo mismo que los ciclistas de excursión o de carreras. Guías y guiados forman un equipo. Y los niños alumnos de hoy serán los profesores del mañana. Y los hijos e hijas serán padres y madres. Y el joven sostendrá al anciano que lo llevo en brazos cuando era bebe. Esa es la ley de la vida. Todo lo demás son escalafones burocráticos, jerarquías militares, dignidades eclesiásticas, rangos nobiliarios o cualquier otra distinción creada por estamentos anclados en la historia.

No hay rivalidad en la auténtica experiencia ni en la sabiduría genuina. Por eso, ambas obtienen un reconocimiento natural sin necesidad de medallas, premios ni homenajes.

Los sabios de hoy en día, sea cual sea el campo de su actividad profesional, son quienes no están fragmentados entre su vida familiar y su vida laboral, entre trabajar y holgar, producir y consumir, pensar, sentir y actuar. Cabeza, corazón y tripas van al unísono, porque son conscientes de su cuerpo y se saben parte de la naturaleza. Son individuos libres, conscientes de su presencia en un cerebro global que es la humanidad de este planeta, minúsculo globo perdido en la infinidad de un universo cuyas dimensiones aun desconocemos.

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