La espiritualidad humana tiene su origen en estructuras cerebrales


Es posible provocar artificialmente, por estimulación eléctrica o magnética transcraneal, experiencias místicas. Este hecho plantea la cuestión de si la división antinómica que solemos hacer entre materia y espíritu es correcta, al menos en lo que respecta al cerebro.

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El yo es una ilusión que vive en una realidad virtual


El yo sería una construcción ilusoria que aísla al sujeto de su entorno haciéndole creer que tiene una autonomía que no es real. Muy probablemente, nuestro cerebro crea la experiencia del yo a partir de una multitud de experiencias. Hoy sabemos que todo lo que experimentamos se procesa en patrones de actividad neural que conforman nuestra vida mental. Y no tenemos ninguna conexión directa con la realidad exterior. Vivimos, pues, en una realidad virtual. Los colores, los sonidos, los gustos y los olores no existen ahí afuera, sino que son atribuciones de nuestra mente.  Seguir leyendo El yo es una ilusión que vive en una realidad virtual

Una iglesia convertida en biblioteca científica


El Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha transformado la capilla del Palacio de Doñana en un salón de lectura para investigadores.

“La idea de que Dios es un hombre blanco de grandes dimensiones y de larga barba blanca, sentado en el cielo y llevando la cuenta de la muerte de cada gorrión es ridícula. Pero si por Dios uno entiende el conjunto de leyes físicas que gobiernan el universo, entonces está claro que ese Dios existe. Pero este Dios es emocionalmente insatisfactorio… no tiene mucho sentido rezarle a la ley de la gravedad”

Carl Sagan

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El otro como espejo. Conocer el YO desde el TÚ


¿Proyecto la imagen que tengo de mi persona o una distinta? El ejercicio de definirse suele ser muy subjetivo, ya que somos nosotros mismos objetos de la evaluación. La visión y la retroalimentación del otro mostrará aspectos de mi ser y hacer ocultos a mi persona.

Me festejo y me canto y lo que yo asuma tú habrás de asumir,pues cada átomo mío también es tuyo. 

Walt Whitman, «Canto de mí mismo»
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Qué creer: en búsqueda de una brújula epistémica (I)


Los seres humanos en sus vidas tienden naturalmente a buscar en qué creer. Buscan con ansias un centro, una base sólida de la cual aferrarse, una creencia firme, verdadera, por lo menos la más verosímil posible, algo estable que los pueda sostener ante la vorágine de contingencia y cambios que los rodea. ¿Queda algún lugar seguro donde buscar?

Esta inquietud sólo es posible tras la aparición de la inteligencia superior y por eso se piensa que es un elemento exclusivo y distintivo del ser humano. La razón es sencilla: evolución. Los animales, por ejemplo, han tenido caminos evolutivos distintos, cada uno basando su supervivencia en los instintos y en la herencia de ciertos rasgos morfológicos de su especie. Asimismo, el hombre, que también es un animal, aún cuenta con una serie de atavismos animales, además del (ya bastante menguado) instinto. Sin embargo la supervivencia y la supremacía de su especie se debe más bien a otro rasgo: el aumento de la habilidad social entre los miembros del grupo, probablemente impulsado por una curiosidad y una admirable inclinación hacia el juego, y el consecuente desarrollo de la inteligencia.

Ya Aristóteles habló sobre una tendencia natural en el hombre hacia el saber, y bastante después Nietzsche de una “voluntad de saber” y una “voluntad de verdad”. Gracias a este afán de saber y de aprender se produjo el desarrollo del pensamiento y el lenguaje. Pero esto no es un fenómeno que apareció de golpe. Se trató más bien de un proceso que ha durado, por lo menos, unos cuantos millones de años.

Tan sólo alcanzado este nivel de inteligencia y lograda la autoconservación y continuidad del grupo; tan sólo después de garantizada la vida, el hombre es capaz de imaginar sobre la muerte. De esta manera, hace probablemente unos 300 mil años, el hombre tuvo su primera experiencia nihilista. Así lo señala, por ejemplo, el paleoantropólogo español Juan Luis Arsuaga:

“Hasta llegar a la población de la Sima de los Huesos la evolución había ido produciendo un aumento espectacular en el tamaño del cerebro. Como resultado se produjo un considerable avance en las capacidades mentales superiores y una expansión de la consciencia. Cada vez un mayor número de actos estaban presididos por esa facultad. La consciencia no se limitaba al presente, sino que se proyectaba al futuro, a lo por venir. Se anticipaban así los acontecimientos del mundo natural y se preveían las conductas de los otros humanos.  Y entonces ocurrió. Se produzco un descubrimiento sensacional, el primero de los grandes hallazgos del pensamiento, y el preludio de todos los demás; un descubrimiento que todos hacemos en algún momento de nuestra vida, porque no nacemos sabiéndolo. Los homínidos comprendieron que ellos, todos ellos, estaban destinados a morir. Este descubrimiento no fue más que el descubrimiento de un análisis elemental, de pura lógica, pero que ninguna otra criatura ha realizado jamás: si los demás mueren inevitablemente, y yo no soy distinto de los demás, yo también moriré algún día. Es necesario para ello, por supuesto, distinguir entre yo ylos demás, pero esa es una capacidad que podemos atribuir al Homo ergaster, y que quizá estaba también presente entre los australopitecos. No sabemos cuándo se alcanzó el conocimiento de la inevitabilidad de la muerte, quiénes fueron los primeros seres vivientes que tomaron consciencia de ella, pero sin duda ya estaba presente hace 300 000 años en la mente de los pobladores de la Sierra de Atapuerca. Irónicamente, más de 3 500 millones de años de evolución produjeron un ser de inteligencia excepcional que alcanzó a comprender que los días de una vida son una cuenta atrás. Ya lo dice el Eclesiastés (1: 18): «cuanta más sabiduría tanto más disgusto, y cuanta más ciencia tanto más dolor». La capacidad mental superior era un regalo envenenado.

Exactamente eso. Conciencia del yo y de los demás. Conciencia de muerte. Y conciencia de la propia condición finita. Desde ese día en adelante, nos sabemos mortales. Y desde ese día, una autoconciencia nos acompaña durante todos nuestros demás actos. Ya no simplemente hacemos o actuamos, ya no lo hacemos de manera inconsciente, compulsiva, instintiva, sin pensar. Desde ese día en que pensamos la muerte y sentimos la nada, desde ese día en que nos asomamos y echamos un vistazo hacia el abismo, nos persigue la inquietud por el sentido:

Comprendo que voy a morir.

Ante este horizonte, ¿qué, o quién, soy yo? ¿Soy algo más que este saco de huesos y carne que alguna vez yacerá bajo la tierra?

Por otro lado, en el momento presente, en este mismo instante, ¿qué debo hacer? ¿Es correcto lo que estoy haciendo? ¿Por qué no hago otra cosa? ¿Qué sentido tiene hacer algo, y no otro, si al fin y al cabo, igual voy a morir?

Y después de mi muerte, ¿qué puedo esperar? ¿Encontraré algo? ¿Existiré yo? ¿Existirá algo más allá de la muerte?

Y si no, ¿qué sentido tiene mi propia existencia?

Pensar la muerte lo cambia todo, y esta circunstancia nos compele a preguntar por el sentido y a encontrar una satisfacción a esta necesidad. Atender a esta inquietud es fundamental, y se trata verdaderamente de una necesidad cognitiva. En un caso leve, una persona se encuentra desorientada, buscando sentido pero perdida, en ocasiones hasta aburrida, empezando a estar angustiada, tratando de distraerse con entretenimientos y diversiones banales. En caso extremo, una persona se encuentra desesperada, padeciendo inanición psíquica, y es verdaderamente capaz de cualquier cosa.

Tradicionalmente, esta necesidad fue satisfecha por el pensamiento mágico, la religión, y entre los “más cultos”, la metafísica. Este rol también lo han cumplido los nacionalismos y las ideologías. Muy pocas veces, la filosofía. En el mundo moderno, tras haber roto los lazos que la tradición nos daba a cambio de la oportunidad de ganarnos más libertad, necesitamos pensar para nosotros un propio marco de referencia, un sistema de orientación y un objeto supremo que nos haga de Norte, de objetivo, de manera que funcione como principio ordenador de todas nuestros demás valores y prioridades. Necesitamos hallar eso. ¿Dónde buscar?

Responder estas preguntas significa encontrar nuestro credo y definir nuestra identidad. Al intentar hacerlo, nos damos cuenta de que existe una industria de la verdad, fabricantes de creenciasun libre mercado de ideologías. Encontramos toda una variedad de productos dadores-de-sentido. Los anteriores agentes nos ofrecen un servicio; nos ayudan a satisfacer una necesidad. En esto, compiten bajo las leyes darwinistas del mercado y de la naturaleza: the survival of the fittest.Luchan por nuestra atención. Combaten por un espacio en la cultura de nuestro grupo y en nuestra propia identidad personal. Unos se unen, pues se complementan. Otros se desmienten entre ellos. Pero cada uno de ellos quiere que aceptemos su sentido. Ante este panorama, ¿cómo elegir? ¿Cuál nos beneficiará más? Y asimismo: ¿qué ganan ellos con eso?

Leer el artículo completo en: genealogica.wordpress.com

El cambio climático multiplicará la violencia por todo el planeta


Los cambios en el clima alimentan los conflictos a gran escala y las agresiones entre personas, desde guerras hasta violaciones. Un estudio pionero que publica ‘Science’ relaciona y cuantifica por primera vez los efectos que tendrá en el futuro del planeta.

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El universo no está nada claro: 5 puntos negros sin respuesta para la astrofísica


La física sondea los misterios más fundamentales de la naturaleza, por lo que no es de extrañar que muchos científicos tengan la mente ocupada en el universo. Pero, ¿qué es lo que la ciencia se muestra incapaz de responder con certeza?

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