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Qué creer: en búsqueda de una brújula epistémica (I)


Los seres humanos en sus vidas tienden naturalmente a buscar en qué creer. Buscan con ansias un centro, una base sólida de la cual aferrarse, una creencia firme, verdadera, por lo menos la más verosímil posible, algo estable que los pueda sostener ante la vorágine de contingencia y cambios que los rodea. ¿Queda algún lugar seguro donde buscar?

Esta inquietud sólo es posible tras la aparición de la inteligencia superior y por eso se piensa que es un elemento exclusivo y distintivo del ser humano. La razón es sencilla: evolución. Los animales, por ejemplo, han tenido caminos evolutivos distintos, cada uno basando su supervivencia en los instintos y en la herencia de ciertos rasgos morfológicos de su especie. Asimismo, el hombre, que también es un animal, aún cuenta con una serie de atavismos animales, además del (ya bastante menguado) instinto. Sin embargo la supervivencia y la supremacía de su especie se debe más bien a otro rasgo: el aumento de la habilidad social entre los miembros del grupo, probablemente impulsado por una curiosidad y una admirable inclinación hacia el juego, y el consecuente desarrollo de la inteligencia.

Ya Aristóteles habló sobre una tendencia natural en el hombre hacia el saber, y bastante después Nietzsche de una “voluntad de saber” y una “voluntad de verdad”. Gracias a este afán de saber y de aprender se produjo el desarrollo del pensamiento y el lenguaje. Pero esto no es un fenómeno que apareció de golpe. Se trató más bien de un proceso que ha durado, por lo menos, unos cuantos millones de años.

Tan sólo alcanzado este nivel de inteligencia y lograda la autoconservación y continuidad del grupo; tan sólo después de garantizada la vida, el hombre es capaz de imaginar sobre la muerte. De esta manera, hace probablemente unos 300 mil años, el hombre tuvo su primera experiencia nihilista. Así lo señala, por ejemplo, el paleoantropólogo español Juan Luis Arsuaga:

“Hasta llegar a la población de la Sima de los Huesos la evolución había ido produciendo un aumento espectacular en el tamaño del cerebro. Como resultado se produjo un considerable avance en las capacidades mentales superiores y una expansión de la consciencia. Cada vez un mayor número de actos estaban presididos por esa facultad. La consciencia no se limitaba al presente, sino que se proyectaba al futuro, a lo por venir. Se anticipaban así los acontecimientos del mundo natural y se preveían las conductas de los otros humanos.  Y entonces ocurrió. Se produzco un descubrimiento sensacional, el primero de los grandes hallazgos del pensamiento, y el preludio de todos los demás; un descubrimiento que todos hacemos en algún momento de nuestra vida, porque no nacemos sabiéndolo. Los homínidos comprendieron que ellos, todos ellos, estaban destinados a morir. Este descubrimiento no fue más que el descubrimiento de un análisis elemental, de pura lógica, pero que ninguna otra criatura ha realizado jamás: si los demás mueren inevitablemente, y yo no soy distinto de los demás, yo también moriré algún día. Es necesario para ello, por supuesto, distinguir entre yo ylos demás, pero esa es una capacidad que podemos atribuir al Homo ergaster, y que quizá estaba también presente entre los australopitecos. No sabemos cuándo se alcanzó el conocimiento de la inevitabilidad de la muerte, quiénes fueron los primeros seres vivientes que tomaron consciencia de ella, pero sin duda ya estaba presente hace 300 000 años en la mente de los pobladores de la Sierra de Atapuerca. Irónicamente, más de 3 500 millones de años de evolución produjeron un ser de inteligencia excepcional que alcanzó a comprender que los días de una vida son una cuenta atrás. Ya lo dice el Eclesiastés (1: 18): «cuanta más sabiduría tanto más disgusto, y cuanta más ciencia tanto más dolor». La capacidad mental superior era un regalo envenenado.

Exactamente eso. Conciencia del yo y de los demás. Conciencia de muerte. Y conciencia de la propia condición finita. Desde ese día en adelante, nos sabemos mortales. Y desde ese día, una autoconciencia nos acompaña durante todos nuestros demás actos. Ya no simplemente hacemos o actuamos, ya no lo hacemos de manera inconsciente, compulsiva, instintiva, sin pensar. Desde ese día en que pensamos la muerte y sentimos la nada, desde ese día en que nos asomamos y echamos un vistazo hacia el abismo, nos persigue la inquietud por el sentido:

Comprendo que voy a morir.

Ante este horizonte, ¿qué, o quién, soy yo? ¿Soy algo más que este saco de huesos y carne que alguna vez yacerá bajo la tierra?

Por otro lado, en el momento presente, en este mismo instante, ¿qué debo hacer? ¿Es correcto lo que estoy haciendo? ¿Por qué no hago otra cosa? ¿Qué sentido tiene hacer algo, y no otro, si al fin y al cabo, igual voy a morir?

Y después de mi muerte, ¿qué puedo esperar? ¿Encontraré algo? ¿Existiré yo? ¿Existirá algo más allá de la muerte?

Y si no, ¿qué sentido tiene mi propia existencia?

Pensar la muerte lo cambia todo, y esta circunstancia nos compele a preguntar por el sentido y a encontrar una satisfacción a esta necesidad. Atender a esta inquietud es fundamental, y se trata verdaderamente de una necesidad cognitiva. En un caso leve, una persona se encuentra desorientada, buscando sentido pero perdida, en ocasiones hasta aburrida, empezando a estar angustiada, tratando de distraerse con entretenimientos y diversiones banales. En caso extremo, una persona se encuentra desesperada, padeciendo inanición psíquica, y es verdaderamente capaz de cualquier cosa.

Tradicionalmente, esta necesidad fue satisfecha por el pensamiento mágico, la religión, y entre los “más cultos”, la metafísica. Este rol también lo han cumplido los nacionalismos y las ideologías. Muy pocas veces, la filosofía. En el mundo moderno, tras haber roto los lazos que la tradición nos daba a cambio de la oportunidad de ganarnos más libertad, necesitamos pensar para nosotros un propio marco de referencia, un sistema de orientación y un objeto supremo que nos haga de Norte, de objetivo, de manera que funcione como principio ordenador de todas nuestros demás valores y prioridades. Necesitamos hallar eso. ¿Dónde buscar?

Responder estas preguntas significa encontrar nuestro credo y definir nuestra identidad. Al intentar hacerlo, nos damos cuenta de que existe una industria de la verdad, fabricantes de creenciasun libre mercado de ideologías. Encontramos toda una variedad de productos dadores-de-sentido. Los anteriores agentes nos ofrecen un servicio; nos ayudan a satisfacer una necesidad. En esto, compiten bajo las leyes darwinistas del mercado y de la naturaleza: the survival of the fittest.Luchan por nuestra atención. Combaten por un espacio en la cultura de nuestro grupo y en nuestra propia identidad personal. Unos se unen, pues se complementan. Otros se desmienten entre ellos. Pero cada uno de ellos quiere que aceptemos su sentido. Ante este panorama, ¿cómo elegir? ¿Cuál nos beneficiará más? Y asimismo: ¿qué ganan ellos con eso?

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El ser humano tiende a creer en dioses y en la vida después de la muerte


Un estudio realizado por especialistas de la Universidad de Oxford en 20 países revela, además, que personas de culturas muy diversas separan los conceptos de cuerpo y alma

Los resultados de un proyecto internacional de investigación de tres años de duración, realizado en 20 países y dirigido por dos académicos de la Universidad de Oxford sugieren que el ser humano tendría una tendencia natural a creer en dioses o agentes sobrenaturales, así como en la vida después de la muerte. Estudios realizados con niños y adultos revelaron, por ejemplo, que personas de muchas culturas distintas creen instintivamente que su mente, su espíritu y su alma seguirán existiendo después de morir. A raíz de estos hallazgos, los investigadores concluyen que la religiosidad existe para favorecer la cooperación social y que nunca será fácil erradicarla, porque en ella hunde sus raíces el pensamiento humano. Por Yaiza Martínez.

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