Archivo de la etiqueta: religión

El creacionismo puede resultar cómico, pero es preocupante


La Ciencia y sus Demonios

creation

En algunos foros creacionistas se pueden leer cosas como esta:

El primer animal o amiba que salió de las aguas, ¿era macho o hembra?

Esto no sé que me produce si risa o tristeza. Bueno sí, risa. No, tristeza. Que no, que risa. Bueno, en realidad produce risa y tristeza a la vez. Produce la misma risa que la que puede ocasionar la ocurrencia de un niño que está empezando a conocer el mundo. Fruto de esa inocencia, los niños rompen con cualquier tratado de lógica, le dan la vuelta a todo y te plantean cuestiones de lo más divertidas. Un aspecto típico de los niños es su visión teleológica del mundo, según la cual todo existe con un fin. Así las montañas existen para que las escalemos o los árboles existen para darnos sombra. Pero lo que ya no resulta tan gracioso es que esta mentalidad propia de los…

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Cómo produce el cerebro experiencias religiosas y místicas


La hiperactividad del sistema límbico hace posible la unión entre materia y espíritu.

Nuestro cerebro es capaz de producir experiencias espirituales, religiosas, numinosas, divinas, místicas o de trascendencia, gracias a una hiperactividad en el sistema límbico o cerebro emocional. Este hecho, revelado por la neuroespiritualidad, supondría la anulación de la antítesis clásica entre materia y espíritu. También sugiere que la espiritualidad sería una facultad cognitiva más de nuestra especie. Seguir leyendo Cómo produce el cerebro experiencias religiosas y místicas

Complejidad de la Inteligencia y la religiosidad


Un artículo en la web de divulgación científica Materia, titulado Cuanto más inteligentes, menos creyentes, afirma que un “exhaustivo repaso a los estudios publicados en el último siglo muestra una correlación negativa entre inteligencia y religiosidad“.

El mencionado artículo sugiere que los más inteligentes tienen tendencia a ser menos religiosos. Ahora, leyendo un artículo publicado por  en el blog “El Árbol de la Vida” en el que hace una crítica al artículo de la web científica, él sostiene que dicho estudio carece de validez por los argumentos en que se basa para afirmar dichas hipótesis. Seguir leyendo Complejidad de la Inteligencia y la religiosidad

La visión mítica y la racional se reconcilian en el siglo XXI


El conflicto entre religiosidad mítica y razón es un conflicto entre dos formas de pensamiento de primer grado. Pero en la posmodernidad podría haber surgido un nuevo nivel de pensamiento al que podría denominarse relativista-multicéntrico, y que abre una gran oportunidad de reconciliar ambas visiones, hasta ahora enfrentadas. 

La ciencia y la metafísica nos trasladan a la incertidumbre


La evolución de la cultura moderna, en especial la conformación de la “nueva ciencia” en los dos últimos tercios del siglo XX, no favorece el dogmatismo teísta o ateo. La imagen del universo en la ciencia no hace patente su verdad metafísica última, sino que se presenta como un enigma que hace posible a la filosofía quedar abierta a una incertidumbre metafísica. Por ello, como veremos a continuación, la cultura moderna nos instala hoy en una experiencia radical del silencio-de-Dios…

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La espiritualidad humana tiene su origen en estructuras cerebrales


Es posible provocar artificialmente, por estimulación eléctrica o magnética transcraneal, experiencias místicas. Este hecho plantea la cuestión de si la división antinómica que solemos hacer entre materia y espíritu es correcta, al menos en lo que respecta al cerebro.

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Una iglesia convertida en biblioteca científica


El Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha transformado la capilla del Palacio de Doñana en un salón de lectura para investigadores.

“La idea de que Dios es un hombre blanco de grandes dimensiones y de larga barba blanca, sentado en el cielo y llevando la cuenta de la muerte de cada gorrión es ridícula. Pero si por Dios uno entiende el conjunto de leyes físicas que gobiernan el universo, entonces está claro que ese Dios existe. Pero este Dios es emocionalmente insatisfactorio… no tiene mucho sentido rezarle a la ley de la gravedad”

Carl Sagan

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Qué creer: en búsqueda de una brújula epistémica (I)


Los seres humanos en sus vidas tienden naturalmente a buscar en qué creer. Buscan con ansias un centro, una base sólida de la cual aferrarse, una creencia firme, verdadera, por lo menos la más verosímil posible, algo estable que los pueda sostener ante la vorágine de contingencia y cambios que los rodea. ¿Queda algún lugar seguro donde buscar?

Esta inquietud sólo es posible tras la aparición de la inteligencia superior y por eso se piensa que es un elemento exclusivo y distintivo del ser humano. La razón es sencilla: evolución. Los animales, por ejemplo, han tenido caminos evolutivos distintos, cada uno basando su supervivencia en los instintos y en la herencia de ciertos rasgos morfológicos de su especie. Asimismo, el hombre, que también es un animal, aún cuenta con una serie de atavismos animales, además del (ya bastante menguado) instinto. Sin embargo la supervivencia y la supremacía de su especie se debe más bien a otro rasgo: el aumento de la habilidad social entre los miembros del grupo, probablemente impulsado por una curiosidad y una admirable inclinación hacia el juego, y el consecuente desarrollo de la inteligencia.

Ya Aristóteles habló sobre una tendencia natural en el hombre hacia el saber, y bastante después Nietzsche de una “voluntad de saber” y una “voluntad de verdad”. Gracias a este afán de saber y de aprender se produjo el desarrollo del pensamiento y el lenguaje. Pero esto no es un fenómeno que apareció de golpe. Se trató más bien de un proceso que ha durado, por lo menos, unos cuantos millones de años.

Tan sólo alcanzado este nivel de inteligencia y lograda la autoconservación y continuidad del grupo; tan sólo después de garantizada la vida, el hombre es capaz de imaginar sobre la muerte. De esta manera, hace probablemente unos 300 mil años, el hombre tuvo su primera experiencia nihilista. Así lo señala, por ejemplo, el paleoantropólogo español Juan Luis Arsuaga:

“Hasta llegar a la población de la Sima de los Huesos la evolución había ido produciendo un aumento espectacular en el tamaño del cerebro. Como resultado se produjo un considerable avance en las capacidades mentales superiores y una expansión de la consciencia. Cada vez un mayor número de actos estaban presididos por esa facultad. La consciencia no se limitaba al presente, sino que se proyectaba al futuro, a lo por venir. Se anticipaban así los acontecimientos del mundo natural y se preveían las conductas de los otros humanos.  Y entonces ocurrió. Se produzco un descubrimiento sensacional, el primero de los grandes hallazgos del pensamiento, y el preludio de todos los demás; un descubrimiento que todos hacemos en algún momento de nuestra vida, porque no nacemos sabiéndolo. Los homínidos comprendieron que ellos, todos ellos, estaban destinados a morir. Este descubrimiento no fue más que el descubrimiento de un análisis elemental, de pura lógica, pero que ninguna otra criatura ha realizado jamás: si los demás mueren inevitablemente, y yo no soy distinto de los demás, yo también moriré algún día. Es necesario para ello, por supuesto, distinguir entre yo ylos demás, pero esa es una capacidad que podemos atribuir al Homo ergaster, y que quizá estaba también presente entre los australopitecos. No sabemos cuándo se alcanzó el conocimiento de la inevitabilidad de la muerte, quiénes fueron los primeros seres vivientes que tomaron consciencia de ella, pero sin duda ya estaba presente hace 300 000 años en la mente de los pobladores de la Sierra de Atapuerca. Irónicamente, más de 3 500 millones de años de evolución produjeron un ser de inteligencia excepcional que alcanzó a comprender que los días de una vida son una cuenta atrás. Ya lo dice el Eclesiastés (1: 18): «cuanta más sabiduría tanto más disgusto, y cuanta más ciencia tanto más dolor». La capacidad mental superior era un regalo envenenado.

Exactamente eso. Conciencia del yo y de los demás. Conciencia de muerte. Y conciencia de la propia condición finita. Desde ese día en adelante, nos sabemos mortales. Y desde ese día, una autoconciencia nos acompaña durante todos nuestros demás actos. Ya no simplemente hacemos o actuamos, ya no lo hacemos de manera inconsciente, compulsiva, instintiva, sin pensar. Desde ese día en que pensamos la muerte y sentimos la nada, desde ese día en que nos asomamos y echamos un vistazo hacia el abismo, nos persigue la inquietud por el sentido:

Comprendo que voy a morir.

Ante este horizonte, ¿qué, o quién, soy yo? ¿Soy algo más que este saco de huesos y carne que alguna vez yacerá bajo la tierra?

Por otro lado, en el momento presente, en este mismo instante, ¿qué debo hacer? ¿Es correcto lo que estoy haciendo? ¿Por qué no hago otra cosa? ¿Qué sentido tiene hacer algo, y no otro, si al fin y al cabo, igual voy a morir?

Y después de mi muerte, ¿qué puedo esperar? ¿Encontraré algo? ¿Existiré yo? ¿Existirá algo más allá de la muerte?

Y si no, ¿qué sentido tiene mi propia existencia?

Pensar la muerte lo cambia todo, y esta circunstancia nos compele a preguntar por el sentido y a encontrar una satisfacción a esta necesidad. Atender a esta inquietud es fundamental, y se trata verdaderamente de una necesidad cognitiva. En un caso leve, una persona se encuentra desorientada, buscando sentido pero perdida, en ocasiones hasta aburrida, empezando a estar angustiada, tratando de distraerse con entretenimientos y diversiones banales. En caso extremo, una persona se encuentra desesperada, padeciendo inanición psíquica, y es verdaderamente capaz de cualquier cosa.

Tradicionalmente, esta necesidad fue satisfecha por el pensamiento mágico, la religión, y entre los “más cultos”, la metafísica. Este rol también lo han cumplido los nacionalismos y las ideologías. Muy pocas veces, la filosofía. En el mundo moderno, tras haber roto los lazos que la tradición nos daba a cambio de la oportunidad de ganarnos más libertad, necesitamos pensar para nosotros un propio marco de referencia, un sistema de orientación y un objeto supremo que nos haga de Norte, de objetivo, de manera que funcione como principio ordenador de todas nuestros demás valores y prioridades. Necesitamos hallar eso. ¿Dónde buscar?

Responder estas preguntas significa encontrar nuestro credo y definir nuestra identidad. Al intentar hacerlo, nos damos cuenta de que existe una industria de la verdad, fabricantes de creenciasun libre mercado de ideologías. Encontramos toda una variedad de productos dadores-de-sentido. Los anteriores agentes nos ofrecen un servicio; nos ayudan a satisfacer una necesidad. En esto, compiten bajo las leyes darwinistas del mercado y de la naturaleza: the survival of the fittest.Luchan por nuestra atención. Combaten por un espacio en la cultura de nuestro grupo y en nuestra propia identidad personal. Unos se unen, pues se complementan. Otros se desmienten entre ellos. Pero cada uno de ellos quiere que aceptemos su sentido. Ante este panorama, ¿cómo elegir? ¿Cuál nos beneficiará más? Y asimismo: ¿qué ganan ellos con eso?

Leer el artículo completo en: genealogica.wordpress.com

El divulgador de la ciencia acosado por la Iglesia


Una biografía rescata la historia de Odón de Buen, “propagandista” de la ciencia y pionero del ecologismo cuyos libros fueron prohibidos por el Papa y perseguidos por la Iglesia. “la organización del hombre está sometida a las mismas leyes biológicas que rigen todas las organizaciones animales es un principio tan axiomático que sería ridícula la simple duda” Odón

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La crisis del estar traerá cambios globales de grandes proporciones


Estamos ante una crisis que es al mismo tiempo una crisis del estar y una crisis del ser. En cuanto afecta a las condiciones materiales de nuestra existencia y de la vida en el planeta, y una crisis del ser porque se relaciona estrechamente con nuestra naturaleza humana y nuestra forma de construir conocimiento y sentido. Es por todo esto por lo que al referirnos a nuestra época, podemos hablar de “crisis de civilización” como un cambio de gigantescas proporciones que no se reduce a límites continentales, ni se asemeja a las transiciones de siglo hasta ahora conocidas. Por Juan Miguel Batalloso Navas.
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